¿SÍNDROME DE PROCUSTO O LA CLASTOMANÍA?

A veces pareciera que males inconfesables aturden la racionalidad de las personas impidiendo que puedan percibir el bien aun cuando lo tienen al alcance de la mano. Si el proceso eleccionario anterior fue objeto de severo cuestionamiento, si los entes electorales fueron vilipendiados, bajo intenso ataque de descrédito antes, durante y después del proceso comicial, ¿no les parece imperativa la urgencia de arribar a consensos políticos que permitan asomarse al cambio? Eso es lo que ha sucedido, después que durante todo este tiempo atrás, el relincho de inconformidad en las calles y en los foros de opinión pública, no daban un instante de sosiego al país. Se entendieron, pese a todos los pronósticos, las fuerzas políticas representadas en el Congreso Nacional. Y algo más que abona a su crédito, sin necesidad de metiches de afuera que nada tienen que ver en la solución de los problemas soberanos de los hondureños.

El Congreso Nacional, guste o no, es el foro político por naturaleza donde se debaten los temas nacionales de distinta índole. No es comida de trompudo congeniar en esta tóxica atmósfera de rencores, odios y de confrontaciones. Para alcanzar las mayorías requeridas es inescapable negociar las diferencias. Y no hay nada deleznable en la negociación cuando del futuro de Honduras se trata. Lo estéril es pasar en permanente hostilidad. Allí en el primer poder del Estado se busca llegar a arreglos, se emiten las leyes y, de paso, se eligen magistrados que integran la Corte Suprema de Justicia, el Tribunal Superior de Cuentas, la Procuraduría General de la República, el Ministerio Público, el Instituto de Acceso a la Información, el Consejo de Política Limpia y, por supuesto, el Registro Nacional de la Personas, y los recién creados Consejo Nacional Electoral y el Tribunal de Justicia Electoral. ¿En cuál otro lado, si no allí, toca decidir remedio a la inconsolable aflicción que sufre la sociedad? Así que es grosero suponer que a lo que van –como dicen las “chatarras” de los “chats” para engrosar sus egos con “likes”– sea un “indecente reparto de chambas”. Como si hubiera otra forma de integrar las instituciones. ¿De dónde van a salir esos ángeles caídos del cielo, anodinos, neutrales, inodoros e incoloros que lleguen con mentalidad robótica a dirigir instituciones? No creen, entonces, para no caer en el mismo hoyo del conflicto político en que estuvimos, que cualquier intención de cambiar lo feo, con ánimo de restaurar la confianza ciudadana en el proceso y sus instituciones, merezca siquiera el beneficio de la duda?

O sea, antes de irse de frente a ensuciar lo que pueda darle a Honduras un respiro de lo que la ahoga, ¿no sería un acto patriótico –a propósito del mes de la patria– fijarse más en la idoneidad, la calidad, la capacidad y en la impecable hoja de vida de muchos de los elegidos a esos órganos electorales que en las imperfecciones que caprichosamente quieran atribuirle a la escogencia? Luce como un irrespeto a la dignidad de mujeres y de hombres valiosos, así de entrada, menospreciar lo meritorio, por no haber conseguido tajada o por mero empecinamiento. Equivocado es rebajar algo que tanto ha costado ensamblar, que se ofrece como el único horizonte claro que se vislumbra como salida a la crisis. Entendemos que los egoísmos son humanos. Los excesos son los dañinos. Como el Síndrome de Procusto de aquellos que al verse superados por el talento de otros optan por menospreciarlos o hasta deshacerse de ellos. El miedo los condena a una vida en la mediocridad donde no hacen ni dejan hacer. O bien puede ser la clastomanía, o sea la tendencia o impulso patológico a la destrucción. Hay que ser sensato. No hay que acabar de matarle al pueblo su fe. Si el defecto que hunde la sociedad es la alta dosis de desconfianza, nada se gana, y nadie gana, todos pierden, alimentándole más desconfianza. El proceso electoral confiable es la esperanza.-LaTribuna.hn

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